Retomo el extracto de un texto de Edgar Onofre que ilustra
muy bien en qué consiste 'el chayote'.
En su libro 'Los presidentes', el reportero Julio Scherer
García ubica el origen del uso de la palabra chayote para referirse a la ayuda
con la que los personeros del poder suelen cortejar (con éxito) a los
reporteros. En 1966, el presidente de la ignominia, Gustavo Díaz Ordaz,
inauguraba un sistema de riego en Tlaxcala mientras un funcionario de la
Presidencia entregaba a los reporteros el embute, semioculto entre plantas de
chayote. “¿Ves aquel chayote?”, decían los reporteros. “Están echándole agua.
Ve allá”.
Desde entonces el chayote es para biólogos y botánicos el
fruto de una planta trepadora de la familia de las cucurbitáceas, de tallo
liso, delgado y muy resistente. Y para reporteros, editores, directores y
fotógrafos de la prensa puede ser un discreto sobre, un viaje al extranjero, un
posgrado para los estudiosos, una borrachera para los parranderos
desinteresados, un auto o una casa para los que se cotizan fuerte y una ofensa
o un error comprensible del funcionario para quienes resisten las tentaciones
del erario.
Al chayote se le esconde o presume como el marido infiel al
segundo frente (si el bígamo es discreto o los bigotes de la amasia no son
digamos generosos, será asunto subrepticio. Si el adúltero es fanfarrón o la
naturaleza fue munificente en carne y rostro de la beneficiaria, cabe esperar
el alarde), pero es parte incuestionable de la ecología del periodismo nacional
y en buena medida explica notas en interiores favorables a los funcionarios y,
a veces, generosidades de por medio, alguna primera plana.
Para el chayoteador, es propina para el reportero de buenos
servicios y una ayuda para que el pobre complete su magra quincena. Para los
reporteros es motivo de indignación en doble sentido: se lamenta la tacañería
del funcionario o se desprecia su intención corruptora. Es motivo de queja si
el funcionario no reparte el pastel a satisfacción y motivo de burla con las
peores intenciones para el reportero que se está haciendo calladamente rico.
El chayote también es certeza nacional. El lector asiduo
tiene la certeza de que el periodista se vende. El atorrante vividor que goza
la efímera miel de un cargo público tiene la certeza de que todo reportero
tiene un precio. Frente a estos dos, el director y el dueño del medio cuentan
con la certeza contable de un tabulador que tasa los montos.
El texto completo aquí.
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